viernes, 24 de marzo de 2017

Descalabro

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Foto: Iván Garcés

Y entonces el cielo se cubrió de gris y comenzó a llover. Atardeceres hechos agua, nostalgia hecha charco. La vida reflejada en una tinaja sucia, que se destroza en la intemperie. El frío carcomiendo recuerdos, mientras los dientes y la mandíbula trituran las palabras no dichas.

Tiritando, mojado, ya estilando de pesadumbre, de hartazgo, camina con la ciudad en hombros quien se creyó inmune a la desidia, al pasar automático de los días. Pedazos de hielo golpean el rostro de la masa gris que circula por su propio laberinto. Ratones de laboratorio condicionados para encontrar su alimento o morir.

Mientras los borrachos de la Guayaquil, chimuelos, zarrapastrosos, lacrados, llenos de algarabía, van en busca de calor a la Plaza del Teatro. Cuerpos inconscientes embadurnados de placer, cebo y sudor. Seres embriagados de lujuria, en un hotel de cinco dólares el punto. Gemidos que afloran por la ventana, increpando a los transeúntes, disfuncionalmente aburridos, frígidos, atorrantemente llenos de excusas, para no saciar su apetito sexual. Su libido socapada en moralismos.

-¡Chupa carajo!- Festejan los borrachos que sobreviven a la contienda de placer desmedido. Se empujan, se insultan, se abrazan, se apoyan contra la pared. Empapados de licor les miras tambalearse. Les temes, les huyes.

Retumban los truenos y todos corren a guarecerse. Los borrachos y tú zigzaguean, cada uno con sus propias razones.

El agua baja desde la Rocafuerte. La Guayaquil es un espejo mugriento. Los secretos están a salvo, mientras no asomes la cabeza. A lo lejos se escuchan los gritos del feligrés que anuncia el final de los tiempos. Las prostitutas de ríen. Las carcajadas retumban en los zaguanes de tu propia oscuridad. Sonríes…

“Los pensamientos son libres” te repites. Hay un tipo de complicidad con la decadencia. Sientes el fulminante deseo de dejarte caer. La vista se nubla. El sonido de tu cráneo golpeando las piedras de la Plaza de Santo Domingo.

La mirada del gamín que sostiene el pedazo de metal que acaba de estrellarse contra tu cabeza. Las manos que te esculcan en busca de la billetera. Las gotas de agua disolviendo la sangre de tu cara. La lluvia limpiando tus heridas.

“Algo bueno debe salir de todo esto.”

Back to black. 

"If rain is what you want, all you have to do is close your eyes..."
If Rain Is What You Want / Slipknot

lunes, 26 de septiembre de 2016

El país de la infancia tendrá tu música

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 “Porque tal vez no se es de ningún país más que del país de la infancia”

Rainer Maria Rilke

Es viernes, y cada conductor atascado en el tráfico lo sabe. Nosotros lo sabemos. Estamos con el tiempo justo para llegar al centro histórico de Quito y el policía insiste en pedirle papeles al que está delante de nosotros. La ciudad es un caos y eso que no llueve. Los bares abren temprano, y los oficinistas timbran la salida y buscan el lugar más cercano para descargar el estrés de la semana.

Nosotros aceleramos y llegamos al Teatro Nacional Sucre a las 19h20. En el camino saludamos a varios músicos que se fuman el último tabaco, antes de comenzar la función. Las puertas ya están cerradas pero el Xavi Guerra nos dice que sí podemos entrar y nos lleva al palco presidencial. Nos acomodamos en la tercera fila, justo atrás de María Tejada, Donald Regnier y su hijo. Al poco tiempo entran Gonzalo Guaña y Yurak Pacha, y luego viene Chinatsu Maeda con Bungo, su hijo, que es la viva réplica de Tadashi Maeda.

El Gonzalito me hace la conversa y el tiempo se nos pasa volando. Entre una cosa y la otra, Tati Carrillo entró para saludar con María y ver que todo esté a punto para iniciar. En el último minuto, el pequeño se puso mal y tuvieron que abandonar la sala. En el corre, corre la Lu Pozo termina de ubicar a los últimos invitados, antes de que suene la “tercera llamada” y se apaguen las luces.

El teatro está casi lleno. Hay demasiadas caras conocidas, pero dejo de verlas porque todo comienza a hacerse oscuro y se abre el telón. Escucho el primer acorde y todo me parece infancia. Simon Frith dice que “la música (…) nos brinda una manera de estar en el mundo, una manera de darle sentido”, y lo cierto es que este homenaje al Segundito me hace sentir como en casa.

Mientras transcurre el tiempo, comienzo a darme cuenta de que este no es un concierto, ni un evento, como los que se llevan a cabo en el Teatro Nacional Sucre. Este es un encuentro en el que cada uno, a su modo, habla del Segundito y de cómo lo recuerda. Ya es un año de su partida, y esta reunión es la demostración de que, aunque pase el tiempo, la memoria se empecina en recordarnos, con cada acorde y cada silencio, que hay quienes nunca se van.

Toda la familia Cóndor está ahí para darnos un pedacito del Segundito. También está el Milton Arias, el Giovanni Mera, el Marcelo Beltrán, y muchos otros, que nos comparten su percepción de su entrañable amigo. Todos, a viva voz o en silencio, le regalamos una ofrenda y lo reconstruimos en nuestra mente, sosteniendo los recuerdos con fuerza, para que nunca se vayan.

En la oscuridad de la sala, luego de que ha concluido la primera parte de este homenaje, las imágenes de un video rompen el silencio, y nos encontramos con un Segundito en fotografías, un cúmulo de instantes, y las palabras de la Nancy Guevara, la Andre, la Salo, la Nathasha,y los amigos, que nos acercan al padre, al esposo, al compañero; a ese ser que, como decía el Miltiño Castañeda “no sabía decir que no”. Entonces todos sacamos del baúl de los recuerdos algún momento que guardamos del Segundito en la memoria y nos sonreímos en silencio.

Lo que vino luego fue un abrazo cálido y colectivo, representado por la interpretación de la Misa Ecuatoriana, de Segundo Cóndor, a cargo de la Orquesta de Instrumentos Andinos de Ecuador, el Coro Mixto Ciudad de Quito, el Coro Juvenil e infantil del Centro Cultural Mama Cuchara, de la Fundación Teatro Nacional Sucre. Más de cien personas entonando los pensamientos y sentimientos de un Segundito que vivió y respiró a través de la música, de ese modo de estar en el mundo tan noble y determinante.

Ahí estaban estos músicos con los que Segundito compartió gran parte de su vida, cantando y tocando una misa que, sin duda, debió estrenarse cuando él andaba por los pasillos de la Mama Cuchara, siendo él, a través de su propia sonoridad, de su música.

El silencio toma el poder en la sala. Ya los aplausos cesaron y todos comenzamos a evacuar, no sin antes dejar un último suspiro. Afuera todos hablan de la obra y se despiden. Nosotros vamos por unas cervezas a La Oficina. Nadie habla sobre lo que acabamos de presenciar, ni emite un solo comentario al respecto. Creo que todos sentimos paz; el tipo de sensación que tienes cuando escuchas, miras o vives algo sublime.

Ya no hay caos en Quito. La ciudad en silencio se duerme. Descansa Segundito. Este regalo que nos diste se queda retumbando en nuestra memoria, y es el modo en el que te tenemos presente.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Death

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Henri Cartier-Bresson

Mi relación con la muerte es, en realidad, un vacío palpitante por la ausencia. Lo sentí sin darme cuenta cuando me amputaron a mi padre. La sensación de presencia/ausencia me acompañó desde aquel entonces, hasta el día de hoy.

Recordé todo esto porque hoy pensé en mi segundo padre y en ese viaje sin retorno, en el que se fue alejando mientras moría, dejándome un segundo muñón. Esta vez, yo era consciente del cercenamiento. Sentí el dolor y la picazón de la ausencia. Ese tipo de sensación que no se va, nunca más se va.

Como si pudiese planificar el sentimiento que te va a partir en dos, acompañé a D, tomándolo de la mano, y cruzamos, yo más asustada que él, el infierno de una enfermedad que nos acercó, aún a sabiendas de que no saldríamos de esta juntos, ni de la mano, ni siquiera de frente.

Los recuerdos se presentan cada vez de manera diferente. Eso hace que persista el miedo de que un día, sin más, deje de recordar las cosas tal cual como sucedieron. Hay un pensamiento que me obsesiona últimamente. Son las manos de D, la imagen de sus manos con su piel carrasposa y la calidez. Todavía cuando pienso en ellas, puedo recordar la sensación de tibieza cuando, al sostener mi mano, decía cosas que ahora ya no recuerdo.

No pude retener las palabras, mi memoria es débil. Sin embargo todavía puedo sentir las manos en mi vientre cuando el dolor acecha, y es exactamente la misma sensación cuando la soledad amenaza con instalarse en este ser, mitad nostalgia, mitad incertidumbre.

Hoy recibí la noticia de que R falleció, y el punto ya no es quién ha muerto sino la idea de que la muerte ronda todo el tiempo, y “luego, con los años, todas las muertes que importan son muertes de niño, muertes de hermano. La muerte de mi madre será una muerte de hermano y la muerte de mi padre también y hasta la muerte de mis hijos. Todo lo demás no es muerte. No es nada.”*

Con el tiempo, toda muerte es la propia, y los cadáveres se cuelan por lo huesos, insistiendo en recordar que no hay momento más fugaz que la vida. La memoria alarga ese instante, capturándolo en pequeñas cápsulas que se resquebrajan con el pasar del tiempo, dejando a la paramnesia hacer su trabajo. Entonces fantasía y realidad juegan a engañarse, y pretenden contarse la verdad.

Yo solo soy aquella que camina, con los recuerdos, los miedos, los cadáveres y la nostalgia. Un cúmulo rebosante de memoria, un amasijo de esperanza y derrota. “Se pelea solo. Siempre. No hay otra pelea. Se gana solo. Se pierde solo. El otro no importa.”* El otro lo he creado yo para aprender a pelear.

La muerte nos está velando. Llueve. No salgas de casa. 

Hope there's someone / Antony and The Johnsons

* "La muerte del hermano" - Ray Loriga

lunes, 21 de diciembre de 2015

Fever

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Tengo el recuerdo borroso y amarillento de esa noche. Supongo que lo borroso fue consecuencia del vino, y lo amarillento por el foco de tungsteno de tu estudio. En mi cabeza también hay un abrigo, unas gafas de sol y las más variadas sensaciones, que van desde la euforia del baile, hasta el escalofrío de un resfrío despiadado. No en ese orden obligatoriamente. 

Llegué tarde a tu casa. Tú me esperabas con una botella de vino descorchada y unas ganas incontenibles. No podría asegurar esto último pero, a juzgar por tus acciones, o era eso o... o nada, era eso. 

Nos bebimos el vino en la sala, yo acostada en el sillón y tú sentado, sosteniéndome los pies. Me contaste de qué iba el poster colgado en la pared, mientras masajeabas mis pies. No recuerdo mucho más de ese instante. La siguiente imagen fue la misma botella vacía y un par de cervezas repartidas en la mesa de centro, obviamente, sin nada en ellas. Nosotros ya no estábamos ahí. 

Tu estudio me recordó al de mi abuelo. El piso de madera crujía con cada paso, pero se opacaba por la alfombra roja. Las paredes estaban cubiertas por discos, a diferencia del de mi abuelo que tenía libros, los mismos que desprendían ese olor tan particular, el aroma de la nostalgia. 

Para ese entonces yo ya no tenía puestas mis medias, y recuerdo la suave y cálida sensación de la alfombra en mis pies. Te dije que tu departamento parecía Nanegalito y nos reímos. Acto seguido abriste la puerta que daba al balcón y me pediste que te acompañara a fumar un tabaco. Mis pies fueron los primeros en sentir el cambio brusco de clima y comencé a tiritar. Ahí fue donde el abrigo entró en escena. No recuerdo bien cómo, pero después de un momento lo tenía puesto y me quedaba bastante grande. 

Supongo que hablamos mucho, lo cierto es que no recuerdo sobre qué. Lo que sí recuerdo es que mientras sonaba la música, yo veía todos tus discos y te tenía ganas. Te acercaste por atrás y me abrazaste. Bailamos así, abrazados. Creo que fue alguna canción de salsa porque dimos vueltas y vueltas, y ahí me fui un poco al carajo. Entre canción y canción encontré en un estante unas gafas viejas y rotas. Me explicaste que tu papá te las regaló hace muchos años y me las pusiste. Poco a poco me iba convirtiendo en ti y tus antepasados. 

No sé cómo nos saltamos de la salsa a los ochenta, pero me acerqué a la computadora y escogí I wanna dance with somebody de Whitney Houston. Éramos dos borrachos eufóricos cantando I wanna dance with somebody, with somebody who loves me… Éramos dos borrachos felices girando y girando, mientras comenzábamos a sentir nuestra respiración acelerada y el calor de nuestros cuerpos, o lo que Whitney llamaría the heat (I wanna feel the heat with somedoby…).

Nos reímos, nos besamos, nos tocamos. Nos tocamos mucho y de un modo desesperado. Creo que estuvimos esperando esto toda la noche. También creo que siempre tuvimos esta relación cómplice, esta amistad con lujuria, este compañerismo sexual. 

La siguiente escena la vivimos en tu cuarto y fuiste tú el que, antes de dirigirnos ahí, puso en la compu Let my love open the door de Pete Townshend. Lo último que recuerdo es nuestra cara de alegría y vergüenza. Lo primero, porque realmente la estábamos pasando bien, y lo segundo, porque creo que ni tú, ni yo teníamos la intención de terminar la noche saltando en tu cama totalmente desnudos. Ahí es donde entró en escena el resfrío despiadado, pero esto lo supe recién hoy.

No pasó nada más que eso, estoy segura. Ten la certeza de que si hubiese pasado, lo recordaría. Lo digo por ti y por mí. Lo digo porque habría sido épico, pero no fue. Creo que es mejor así porque esta relación merece ese nivel de picante para mantenerse a salvo. 

Recordar esto desde mi cama con vicksvaporub, jengibre y miel, 38° de fiebre y unos malditos escalofríos, me hace dudar de la veracidad de los hechos. Eso y lo endeble de la memoria. Pero no hablemos de eso porque lo uno lleva a lo otro y estas erosiones de la mente me llevan a lo borroso de la noche, y eso, a su vez, al chuchaqui que me acompaña hoy por hoy.

Fever / Etta James

martes, 10 de noviembre de 2015

Un hombre que rasguña las entrañas

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Everyday is like sunday.

 Everyday is silent and grey…



Silencioso y gris, como un día de invierno en Lancashire, Inglaterra. Así recibía el cielo de Quito a uno de los exponentes más importantes de la música indie y del activismo por los derechos de los animales del mundo: Steven Patrick Morrisey, más conocido como Morrisey o Moz. 

El pasado sábado 7 de noviembre, con unos ánimos más de domingo, a las 18h00, se abrieron las puertas del Teatro Nacional de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, para recibir a quienes nos emocionamos al saber que Morrisey venía a Quito, Ecuador. 

No hubo bombos, tampoco platillos. No se registraron filas interminables para el ingreso. Los medios tradicionales de comunicación casi no se percataron de la presencia de Moz en el país. Tampoco la población en general. Fuimos, aproximadamente, 800 las personas que coreamos, bailamos, nos deleitamos y disfrutamos de un Morrisey al que le han pasado los años, pero que conserva la voz y la fuerza de un espíritu controversial y puro.

La espera fue larga, tomando en cuenta que llegué al lugar a las 19h30 y que el concierto comenzó pasadas las 20h30. El público llegaba como cuentagotas y mi ansiedad de ver a Morrisey se mezclaba con el miedo de que el Teatro Nacional no se llenara.

Aunque el lugar no rebosaba de público, el ambiente se sentía cálido y los fanáticos más avezados coparon las vallas de seguridad, impidiendo a los que pagaron la entrada más cara ver y escuchar cómodamente el concierto. 

Sin artista telonero (a pedido del propio Morrisey), el espectáculo comenzó con una serie de videos de antaño. Los Ramones, Tina Turner, Leo Sayer, The New York Dolls, Barbara Lynn, entre otros, se encargaron de dar rienda suelta a la imaginación y transportarme directamente a los setentas. Perfecta antesala para recibir a Moz, aunque la audiencia, un tanto impaciente, aplaudía, silbaba y pedía la presencia de aquel ícono de la cultura pop occidental. 

Y sin más preámbulo eran los ochentas y la inconfundible voz de la mítica banda The Smiths retumbaba en el lugar. Todos coreábamos I’m not sorry… IIIIIIIII’m not so, so, so, so, so-rry! y nos lamentábamos con Morrisey y sus letras dulcemente amargas.

Aunque corto de palabras, quizás por su escaso español, el cantante británico demostró su afecto acercándose varias veces al público, apretando sus manos y cantando, con todo el sentimiento, temas como Alma matters, Speedway, Ganglord, hasta que llegó el momento de bailar, mientras todos desenfrenados, o eso quiero pensar, escuchamos Kiss me a lot, moviendo nuestro cuerpo de un lado para el otro, repitiendo kiss me all over and then when you've kissed me, kiss me all over again… Esto, mientras veíamos a un Morrisey seductor que cantaba con el cuerpo y la sensualidad de su tan particular voz. 

A ese instante le siguieron otros memorables, como el momento en el que cantó How soon is now? Aquel reclamo que, a viva voz, acompañamos gritando: I am human and I need to be loved just like everybody else does. Todo esto, mientras las luces estrambóticas rojas propagaban el caos y acompañaban a una percusión potente y una guitarra estridente.

Sí, la estábamos pasando bastante bien y, afuera, en las calles de Quito, los transeúntes no tenían idea de lo que sucedía en el interior de ese teatro que vibraba con una de las voces más emblemáticas de todos los tiempos, con un exponente de la música que, en otros países de América Latina, debe presentar su show dos o tres veces, pues el público conoce su trayectoria y entiende la importancia de su presencia en el espacio/tiempo actual. 

Morrisey nos deleitó con First of the gang to die, provocó reacciones fuertes y casi imposibles de contener con Meat is murder, y nos llevó al éxtasis con la tan conocida Everyday is like Sunday. Un cóctel de emociones para un banquete musical exquisito. Eso sí, sin carne en la mesa. 

Ya casi al final de la velada, cuando Moz interpretaba Earth is the loneliest planet, se acercó a la audiencia una vez más y entre tantas manos encontró la de un adolescente de, aproximadamente, 12 años. La sostuvo mientras cantaba they always blame "you, you, you" and there is nothing anyone can do, y lo señalaba. Ese chico, para mí, es la prueba viva de que no todo está perdido y que, aunque estos eventos no sean masivos,  nos recuerdan que la buena música todavía existe, que aún hay melodías y letras que te rasguñan las entrañas, y que Morrisey puede viajar en el tiempo y traernos lo mejor del pasado.  

Después de unos temas más, el concierto terminó con un montón de canciones no cantadas. Estas cosas casi siempre terminan así. Todos salimos del teatro mitad complacidos, mitad antojados. Unos caminaron a sus casas, otros fueron a pegarse una hamburguesa en el McDonald’s de la Patria. Tal como dijo Morrisey en Meat is murder: “just as the Equator divides the country, this song divides people". Y sin conocernos, sabe bien cómo somos.


Everyday is like sunday / Morrisey / 1988

jueves, 24 de septiembre de 2015

Casus vel fortuna*

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La femme dormant / Bernard Plossu / 1981


"La historia es como una partida de ajedrez. Los acontecimientos se suceden rigurosos, pero sin estar fatalmente determinados, porque cada uno de los movimientos obedece a la libre decisión de cada uno de los protagonistas."

Antoine A. Cournot

Estaba quieto, sentado en su sofá y miraba a la ventana. Pensaba en el correo que había recibido y sonreía. Lo hacía porque, entre ellos, había una complicidad recién nacida, una chispa de deseo en ebullición. Se rascaba los brazos y pensaba cómo responder. Se levantó y se dirigió a la cocina. Allí prendió un cigarrillo y el humo envolvió la pequeña habitación. Lo inhaló, lo exhaló, lo vio expandirse y difuminarse lentamente. Se dijo, con una risa burlona, que debería dejar de fumar, y lo apagó después de algunas pitadas. 

Regresó al sofá, subió los pies en la mesa de centro de la sala y escribió:

"(...) Ese es el azar… pasa lo que uno busca o tiene adentro, pero a la vez es inasible, insospechado. El destino puede... puede ser que esté escrito, pero a veces uno le tuerce la mano. Las cosas ocurren, sin saber, ocurren. Pasa lo que debe pasar, de manera que uno no sabe, pero está ahí y es un continuo encuentro."

No podría asegurar que así fue como sucedió, pero ella intentaba recrear los hechos, contar la historia de otro modo, jugando con las piezas y distorsionando las palabras, para tener un relato más acorde a sus expectativas, o a sus miedos... quién sabe. 

Recibió esas palabras envueltas en un correo electrónico con el asunto "RE: Plossu". Recordó que la conversación comenzó con un link que contenía varias fotografías de aquel autor y una frase que retumbó en su cabeza, pero que recién ahora tomaba sentido:

"Una imagen puede ser borrosa, no pasa nada. También el alma puede ser borrosa a veces." 

También el alma podía ser borrosa a veces. Podía ser confusa y sentir placer en completa soledad. Ella no lo sabía en ese momento y, ciertamente, no supo cómo lidiar con ese espíritu extraño que se acercaba y alejaba a su antojo. 

La correspondencia fue uno de los detalles que ella recordó con gratitud a través del tiempo. Cada misiva contenía un pedazo de ambos, un modo de ver al otro, una manera de verse a sí mismos. Era la estrategia perfecta para abrirse y decir "bueno, de estos trozos estoy hecho. Si te gusta puedes seguir indangando".

B. Plossu, R. Frank, P. Lemebel, R. Loriga, E. Jara Idrovo, S. Dalí, J. Berger... Tantas palabras enfrascadas en pequeñas cartas que se enviaban siempre acompañadas de música, con la expectativa de la respuesta, con el anhelo de provocar emociones y con el azar jugando a su favor. 

Él creía en el azar y pensaba que ese juego de dados era fundamental para vivir. Pensaba que ahí radicaba el motor de la vida, en la ansiedad de no conocer el futuro, y en la adrenalina de lanzarse y disparar para conseguir una buena foto. Pero B. Plossu, una vez más, le repetía:

"No hay azar para un fotógrafo. Le pasa lo que está buscando."

Y lo que estaba buscando difería de lo que pasaba en la realidad. Ella lo sabía, pero pensaba que, quizás, con un golpe de suerte, la trayectoria indefinida de aquel azar, algún día, terminaría estrellándolos el uno contra el otro.

Pero la realidad, como escucharía ella en una obra de teatro, es una cuestión de equilibrio, y aunque lo contingente, lo fortuito y lo intempestivo fueran adictivos y produjeran en los dos grandes dosis de satisfacción, la vida se encargaría de traer el caos y la paz, la oscuridad y la luz.  

Ahora ella comienza el día y piensa, sin mucha convicción, que cada mañana es una oportunidad, pero en la noche, antes de dormir, descubre que es un cuerpo vencido en su propio terreno. Su cabeza puede jugarle sucio a veces. Su alma también puede ser borrosa y todavía no sabe cómo manejarlo.

"A conoce a B. B cree conocer a A". Ella se muerde las manos mientras mira la obra de teatro. "El amor puede ser una enfermedad infecciosa", repite el actor, mientras ella piensa en el número de contagios y bajas. 

Creer en algo no quiere decir que sea real, piensa mientras el personaje juega con los focos que se prenden y apagan creando un ambiente genuinamente mágico. Creer en algo es tomar lo que trae el azar y hacerlo propio. Creer es mirar hacia delante, es tomar una posición, definir las reglas del juego y jugar apostando todo. Creer es lanzarse y eso, a veces, es ser un completo idiota. 

Ella siempre dijo que tenía miedo al azar. No saber lo que hay detrás del telón, a veces puede ser inquietante. Eso sucede cuando intentas caminar con todas las herramientas, aunque no las necesites, por el simple hecho de sentirte segura. La seguridad es un arma de doble filo. La vida es una ruleta rusa. ¡Bienvenido! Tome su ticket.

Acostada en su cama, con su perro respirando profundo a su lado, ella prepara la siguiente misiva. Pasan noches, pasan sueños. El silencio marca la pauta para la siguiente canción. "Es mucho mejor si no sabes lo que has perdido...". R. Loriga le taladra la cabeza. Es mucho mejor si la música no termina cuando sales a la calle y si dejas que el azar juegue contigo. Las decisiones siempre pesan un poco más de lo debido. 

"El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre."**

El desastre está en su cabeza. El azar está esperando ahí afuera. Hay que salir a caminar. 

- Caminar es un modo de creer -se repite mientras se prepara para dar un paseo.

* Causa por accidente.
** El arte de perder / Elizabeth Bishop. 

Alma / Paolo Fresu & Omar Sosa / 2012
 

martes, 8 de septiembre de 2015

Time flies...

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Relojes Blandos o La Perseverancia de la Memoria / Salvador Dalí, 1931.

Entre el pasado y el presente, hay una bolsa repleta de preguntas que me niego a verbalizar. Hacerlo sería invitar a los fantasmas de capítulos anteriores a poblar el ahora, el siempre querido y tan corto hoy. Me rehúso a hacerlo. Me coso virtualmente los labios, me corto la lengua como un acto de paz, como una demostración de "menos, es más".

Los niños del almuerzo dicen que es aburrido no hacer nada. Sonrío. Nadie les advierte lo que les espera, nadie quiere romper la burbuja. Nadie debería, en realidad. Abrazo a G. Le susurro algo al oído. Me dan ganas de quedarme ahí para siempre. No se lo digo. Casi no le digo lo que cruza por mi mente. Hay un miedo infinito a las mitades, a todo lo que puede truncarse, a todas las veces que nos quedamos en el camino de algo, fuera importante o no. 

G dice que tengo la capacidad de maximizar cualquier acción o pensamiento, y es cierto. Comienzo a pensar que es más difícil saltar si imaginas la cornisa más alta de lo que realmente es. En mi mente el vértigo es más fuerte. Tú ocasionas el vértigo. Tengo miedo de mi cabeza. No voy a saltar. 

Duermo mucho, descanso poco. Todo lo contrario a lo que les pasa a los niños del almuerzo. Ansío la nada. Echo de menos el silencio en mi cabeza. He fracasado en la empresa de confundir mis pensamientos con letras de canciones. El sonido me acompaña, pero no reemplaza nada. 

Los niños del almuerzo no entederían nada de esto. Envidio a los niños del almuerzo. Envidio su capacidad de hablar sin remordimientos posteriores, y el modo en el que dicen lo que dicen.

De este lado hay silencio. T dice que debo hablar, que todo lo que se queda adentro se pudre, que todo lo que no se dice crea frustración. T me pide que sea racional. T me conoce, pero me pide imposibles. Yo escucho, y mientras más me hablan, menos entiendo.

Las palabras siempre se quedan represadas, y el tiempo, implacable, sigue rompiendo el silencio con el TIC, TAC, TIC, TAC, TIC, TAC... G dice que no lo tiene. Yo lo veo por todas partes. 

La niña del almuerzo me cuenta sobre su viaje a un parque de diversiones en Bélgica. Nos reímos juntas. Miro a G. Recuerdo sus ojos el día que me atrasé al trabajo. Esa mirada que parecía querer capturar el instante, que pretendía guardar mi rostro extasiado, mientras yo sonreía y él insistía en que me iba a atrasar a la oficina. -¡Me importa un carajo la oficina!- le dije de modo entrecortado, mientras gemía. En aquel entonces el tiempo jugó a nuestro favor. Llegué al trabajo a las 8h00 en punto, con todas las endorfinas masajeándome el cerebro y un saco gris que me quedaba mejor a mí, que a él. 

Los niños del almuerzo nos cuentan todo lo que hacen en el día, como si el tiempo en ellos se estirase infinitamente, como si la realidad les cediera un cúmulo de oportunidades antes del game over nocturno. A nosotros, las limitadas horas se nos escapan como flashes malgastados. 

Ya sabes lo que dicen... "Cada cosa a su tiempo". Comienzo a sentir cómo se estira y me agobia. Hay que correr... Hay que hacerlo con dirección al lugar donde las cosas pasan.

Septiembre llega un poco parco, un tanto hostil. Es hora de correr. 


"She said nothing ever happens,
If you don't make it happen..." 

Times flies / Porcupine Tree, 2009.