¿QUIÉN ES TU VERDUGO?

No me gusta viajar en el metro, me da el tiempo suficiente para pensar y recordar lo que bastante me ha costado dejar de lado. Es que los metros son como la vida, tanta gente sube y se arrima a ti, otros se bajan y ni siquiera te piden la hora con la mirada. Todo es tan fugaz, tan rápido, son pocos los que van hacia la última parada contigo y aún así, luego de todo el trayecto, cada quien toma por su lado y no vuelves a verlos.

Antonio y yo éramos como dos gotas de agua y aceite. ¿Te imaginas lo que eso significa? Si él ingresaba en mi universo, lo hacía en una burbuja; de la misma manera lo hacía yo. Éramos materia irreconciliable. No estábamos listos, ni dispuestos para entregarnos completamente, pero cuando no sabíamos el uno del otro por mucho tiempo, nos buscábamos como locos y esos encuentros eran, cómo llamarlos, enfermizamente apasionantes.

Nos echábamos en la cama a conversar varias horas (y a pelear). Luego como quien pretende arreglar la situación, me besaba en el cuello y decía: “este cuellito está como para quedarse a vivir aquí”. Éramos felices, de esa felicidad pasajera que llega una vez cada tanto y se aleja lentamente, cual tren viejo, como anunciando que se va, esperando que lo retengas. Varias veces insistí al controlador que retrasará la salida de aquel tren pero ya sabes, así es el tiempo.

Luego se anunciaba la llegada de la soledad, era como una cama desnuda y yo me encontraba en ella con mi cuerpo vacío, tatuado de recuerdos. De vez en cuando el demonio venía de visita y me dejaba un recado. Yo no lo escuchaba, sus predicciones sabían amargo, olían a duda, se escuchaba el olvido.

El tiempo pasa tan lento, se estira cada vez más, el calor que hace aquí es insoportable, siento como las personas se amontonan y se aproximan a mí, no lo soporto, el hombre parado frente a mi está a punto de desleírse, una gota de sudor recorre su rostro lentamente, por cada inhalación y exhalación recorre un milímetro y, poco a poco, cae en una maraña de zapatos que se confunden entre si. Es inevitable observar a la mujer que está parada junto a mí, pobre… al parecer se preparó para un día bastante nublado, pero en esta ciudad no se tiene certeza. Es gracioso, está a punto de desmayarse. Yo sonrío.

“El agua calma el fuego y al ardor los años… amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño… y cada vez peor y cada vez más rotos… y cada vez más tú y cada vez más yo sin rastro de nosotros…”

Ciegos, bastante ciegos… no entendíamos que los dos estábamos juntos para llenar el vacío respectivo que llevábamos dentro. Ninguno de los dos se quedaba satisfecho con lo que tenía, porque no era lo que había perdido. La espera cada vez se hacía más larga y… y cuando uno espera demasiado tiempo, espera más de lo que ese alguien puede darle y se llena de rencor.

No me preguntes por qué todo tenía que ser de aquella manera. En realidad yo no lo sabía. Siempre entendí el silencio de Antonio, sus pausas antes de hablar, su afonía ante cada pregunta formulada sin pleno aviso. Pero nunca entendí sus palabras, que eran como globos llenos de helio lanzados al viento. Volaban y volaban hasta desaparecer de mí, hasta perderse en la bruma, en la niebla y simplemente reventar lejos. Y ahí estaba yo sin comprender sus palabras.

Alguna vez le pregunté que esperaba de esto que nos pasaba y solo alcanzó a contestar:

- Quiero alguien que me abrace por las noches y me diga ¡Te quiero! - Silencio… largo y frío silencio.

Sentado en su cubículo empapelado con notas de loluna, leía y releía sus recuerdos, con ese rostro que denominé “el más triste del mundo”. Siempre en silencio, constantemente con sus vestidos oscuros, con su cabello tan negro como aquel gato de los cuentos de Edgar Alan Poe y sus ojos… sus ojos eternamente solos, sin nadie a quien mirar. Solo aquellos lentes podían disimular esa soledad. Algo que lo caracterizó fue su infaltable seriedad, siempre mantuvimos la distancia, nunca supe porque no podía tocarlo con total naturalidad, siempre había una barrera impuesta por Antonio.

Ya se ha ido vaciando el metro, ahora tengo donde sentarme, me acomodo, reposo mi cabeza en la cabecera de otro asiento y miro frente a mi. Un niño me obliga a concentrarme en él. Al abrirse las puertas el chiquillo sale por una de ellas, corriendo y vuelve a entrar por la que se encuentra adelante y se posa de nuevo frente a mí. En la siguiente parada vuelve a hacerlo.

Aquel chico me recuerda a Antonio, siempre tratando de ridiculizar al tiempo, dándole la espalda como si de esa manera dejarán de pasar las horas, los días, los años… Parece que pretendiera burlar el tiempo.
La gente lo mira como si estuviera loco y murmuran cosas de él, pero ¿tú piensas que al chico o a Antonio eso les importó en algún momento? Pues imagina la respuesta. Los dos tan amorales, tan vanos de prejuicios, tan niños…

Antonio era el único hombre en mi vida, pero no me malinterpretes. Sí, si era el único, pero no por ser el amor de mi vida o lo que siempre esperé; no por razones tan complicadas, sino por una razón tan simple como esta: Era el único hombre en mi vida porque no había otros hombres en aquellos momentos.

Alguna vez cuando estuvimos juntos, mis dedos acariciaron su cabello ensortijado, mis labios partieron en un viaje con destino incierto, sus manos resquebrajaron mi vergüenza y las mías rasguñaron por un instante sus miedos. Y sin pensarlo, y sin saberlo, en la pared se dibujaron dos siluetas que mirándolas bien perecían una sola. Entonces susurre en su oído “Te quiero” y en su rostro se dibujó una mueca parecida a una sonrisa. Así, descansó tranquilo en mi pecho todas las noches. Lo abrace… ya no había nada que decir.

A veces pensaba que si cerraba los ojos Antonio desaparecería y lo hice. Los cerré y desapareció. No volví a verlo más. Ahora pienso que quizás si cierro los ojos y los vuelvo a abrir, Antonio aparecerá de nuevo pero entiendo que muchas veces es más fácil irse que volver, dejar todo como está y desaparecer.
Toma en cuenta esto: no digo olvidar sino desaparecer, dejar todo exactamente como se quedó y servirse del recuerdo que al final de todo… de todo, es lo único que nos queda. Los aromas… canciones… sensaciones…

Comienzo a entender que con Antonio ya no hay nada que decir. Somos dos extraños que no hacen más que extrañarse y de la manera más extraña. Hambrientos de cariño, de besos en la frente, de te quieros susurrados al oído. Si pudiéramos nos devoraríamos, nos comeríamos la piel como antropófagos, aspirando todo el aroma que emana de nuestro cuerpo, de nuestro deseo. Pero no estás, ya no estás.

Antonio, ¡tenía que matarte! No había duda de eso, simplemente tenía que hacerlo. La manera no la sabía aún. Ahora la sé. No quería morir con la soledad de verte solo y, aceptémoslo, ibas a quedarte solo porque eres de esas especies que no pueden estar acompañados mucho tiempo o mueren y yo no quería verte morir matándome con aquella soledad, así que te hice un favor.

Una noche sin pleno aviso invoqué al tiempo, caballero lleno de ataduras, y a la soledad, mujer infinita, compañera abnegada y los conjugué para procrear el olvido. ¡Aquel verdugo te mató Antonio!

Comentarios

Martín ha dicho que…
El tiempo galopa con movimiento uniformemente acelerado. Dentro de poco no sabremos ni qué nos golpea.
Anónimo ha dicho que…
Guambra... Sé qué mi comentario lo ofrecí hace una semana... pero aquí está... Sinceramente no me gusta ¿Razón? Creo que hay elementos que me recuerdan a la diosincracia de Quito...

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