martes, 27 de enero de 2009

Todo

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Los muertos no necesitan aspirina o tristeza supongo.

Pero quizás necesitan lluvia.

Zapatos no pero un lugar donde caminar.

Cigarrillos no, nos dicen, pero un lugar donde arder.

O nos dicen: Espacio y un lugar para volar, da igual.

Los muertos no me necesitan.

Ni los vivos.

Pero quizás los muertos se necesitan unos a otros.

En realidad, quizás necesitan todo lo que nosotros necesitamos y necesitamos tanto.

Si solo supiéramos que es.

Probablemente es todo y probablemente todos nosotros moriremos tratando de conseguirlo

O moriremos porque no lo conseguimos.

Espero que cuando yo este muerto comprendáis que conseguí tanto como pude.
Charles Bukovsky

jueves, 22 de enero de 2009

“Todo es mentira en este mundo… Todo es mentira la verdad”

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Miraba fotografías hace algunos días, lo que suelo hacer cuando realmente no hay mucho que hacer. En eso de perder el tiempo, encontré fotografías del conocido villano Joker y otras de Two Faces. Al rato ya había puesto en el Nick del Msn “Todos tenemos algo de jokers y otro tanto de two faces”.

Los mensajes no se hicieron esperar. ¿Por qué dices eso? No todos somos así… ¿Te pasa algo? ¿Quién te hizo qué cosa? Y un sinnúmero de cuestionamientos más que realmente no vienen al caso.

Lo primero que pensé fue que los nicks del msn pueden tranquilamente ser un arma de manipulación y un buen elemento para llamar la atención. Pero más allá de eso me asombró la mojigatería de mis coterráneos.

Jack Napier, el Joker, es el villano por excelencia. Hasta cierto punto me admira su irreverencia, su ironía y su facilidad para esconder tanto detrás de su sonrisa mal pintada. Absolutamente todos lo hacemos. En general, automáticamente al despertar nos pintamos una máscara que disimule los trastes del pasado y las frustraciones de lo que no somos aunque nos engañamos pensando que sí.

Del Joker se dijo que era un “superdotado” con un enorme potencial intelectual. Su cerebro recibía demasiados impulsos y no podía parar de recibir información. Estaba demasiado consciente del mundo que le rodeaba y para sobrevivir a esto tenía que reinventarse día a día.
No sé qué tan lejanos de eso estamos para santificarnos o maldecir cuando leemos un mensaje como el mío.

Luego se atemorizan por escribir “Two Faces”. Que lance la primera piedra quien no tiene dos, tres, cinco o veinte caras. Tanto nos han embarrado el cerebro con frases como “mentir es un pecado” “ser hipócrita es lo peor del mundo”, que nos lo creemos sin reflexionar en el pequeño detalle de que cada día lo volvemos a hacer.

Algunos suavizan sus mentiras categorizándolas en piadosas y de plano mentiras. Da igual el nombre que le pongas, seguirá siendo una mentira. Aunque le cambiemos de color, le pongamos más detalles sigue siendo eso: una mentira.

Harvey Dent es el prototipo de hombre de bien. Su vida correcta, profesional, galán y buen mozo. Por un acontecimiento en su destino se convierte en otro villano más, enemigo de Batman. ¿Y no todos somos así? ¿No todos tenemos nuestra segunda o más bien primera cara guardada?

¡Me declaro aficionada del Joker y el Two Faces! Dos personajes que no temen mostrar su maldad, que aceptan sus circunstancias y que de vez en cuando deciden dejar de negarse. Dos artífices mucho más humanos que cualquiera de nosotros que no reniegan de sus defectos, que libremente odian, aman, temen, se vengan, matan y mueren. Dos creaciones inventadas por diferentes hombres que seguramente utilizan a su obra de arte para decir lo que por ellos mismos no podrían.

jueves, 8 de enero de 2009

LA CIUDAD ESTA SOLA

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¿Quién soy yo para decidir sobre las quimeras de otro? El egoísmo natural en todos es quien decide, así solo eliges sin pensarlo dos veces lo que a corto plazo te hace bien ¿y a largo plazo? Lo que se planea a largo plazo pocas veces se cumple, es como cuando ves a alguien de lejos, a menos que lo conozcas demasiado bien sabrás a ciencia cierta quien es, caso contrario cuando se acerque te darás cuenta que estabas equivocada… De lejos todo es distinto, nada es claro.

Y la ciudad esta sola, con el tráfico endiablado de las calles, con el ruido ensordecedor del silencio de los bosques…los pocos que quedan. La ciudad está sola y los faroles son luciérnagas urbanas que titilan solo para rectificar que es así. Aunque los bares están llenos de gente que forma orgías en los bailes y que se besan… y si lo piensas detenidamente ¿Qué es el beso sino la satisfacción de un deseo carnal, de un placer que emerge de las profundidades de tus necesidades e instintos primarios? Y aún así la ciudad está sola, como oasis en pleno desierto, como gato en perrera.

Y es extraño que yo esté aquí y la ciudad siga sola. ¿Será porque yo también estoy sola? No es la compañía de los bares la que busco para sentir que alguien o por lo menos algo esta ahí para mí. Solo yo veo la soledad de la ciudad, la ausencia de besos en los semáforos, de caricias bajo el umbral de tu puerta. Los demás siguen, no crecen, solo siguen y yo los observo esperando que alguien se de vuelta y comente: “la ciudad esta sola ¿no?” pero nadie lo nota, porque a nadie le falta lo que a mi me cercena una parte de mi vida.

Para todos la respiración del otro es como un ejercicio vital y para mi, la respiración es el ritmo al cual bailan mis dedos en tu pecho por la noche, cuando, en mi afán de escapar de la soledad de la ciudad, huyo al paraíso de tus ficciones y te abrazo con el miedo de caer a las fauces de la solitaria metrópolis.

miércoles, 7 de enero de 2009

CAMAS VACÍAS

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I

Arriesgándome a que éste papel sea roto como de costumbre, me atrevo a escribirte.

Comencemos de esta manera… ¿Sabías que la gente que padece el trastorno obsesivo - compulsivo presenta un desequilibrio de Serotonina y que cuando Marazziti comparó los niveles de serotonina de los enamorados con este tipo de enfermos descubrió que los niveles de serotonina tanto en la sangre de los unos como de los otros eran 40% más bajos que los individuos “normales”? TRADUCCIÓN: el amor y las enfermedades mentales son difíciles de diferenciar.

Por otro lado ¿tenías conocimiento de que el amor produce actividad en el núcleo caudado porque éste es el hogar de una densa proliferación de receptores para un neurotransmisor llamado dopamina y en las proporciones correctas, la dopamina provoca energía intensa y alborozo, agudiza la atención y motiva para obtener recompensas? El amor nos hace audaces, nos vuelve brillantes y vigorosos, nos permite hacer cosas que de lo contrario no haríamos.

¿Ahora entiendes por qué estoy aquí? En mi, sospecho que la dopamina rebasó los límites… estoy aquí para ser franca, aunque quizás sea un poco tarde. Lo hago por mí, porque no quiero quedarme con esto adentro, no quiero sentir que faltaron o sobraron palabras, aunque con eso te quite tiempo y pueda incomodarte.

II

Desde el principio supiste que eres mi sueño y siempre espere como niña que fueras aquel poeta que se siente en la acera a dibujarme, pensarme e imaginarme. Siempre quise encontrar a mi poeta:
“con mi amante, para que sus palabras dulces me distraigan un rato. Para poder jugar con sus versos, mientras sus dedos largos se mueven por el aire como mariposas vivas. En mis sueños, el miedo se pierde y solo quiero dormir para, en el sueño de mi sueño, otra vez descubrir que mi amante no me abandona, que sus ojos desorbitados me siguen por los senderos. Que no me puede tocar aunque no pierde las esperanzas de poder hacerlo. A pesar de que su imagen se mantiene siempre a cierta distancia, yo sí saboreo sus besitos lanzado al viento, son como fresas rojas y gordas que se posan sobre mi cara y me lamen, me muerden con delicadeza y me vuelven a lamer” .

III

Ese poeta eres para mí, ese letargo del cual no quiero despertar, ese sueño en aquella sala de espera tan fría y sola sin esperar mas nada. Te dibujo más allá de lo conciente, de lo real. Te imagino, no con el fin de crearte, de idealizarte, sólo de extrañarte. Te pienso, te toco más allá de la dermis o epidermis, te siento tan cerca, que tus dedos tocan mis sueños y mi boca besa tu angustia. Te sueño un poco, para tenerte más tiempo.

IV

Hubiera querido que el tiempo insensibilice mis sentidos y congele mis anhelos, que ese tiempo, el autor de la distancia, esa mujer infinita que nos separa, se acortara y me llevara donde estas tu, tan quieto, tan sublime… tan tú.

A mi nadie me dijo que el amor era un juego de máscaras, de antifaces, de añagazas, donde tú jugabas a no quererme y me querías, y yo jugaba a quererte y te quería. Nadie me enseñó la estrategia, ni la táctica, ni las reglas del juego y entonces ¿qué hice? Lo que haría cualquier niña, me inventé las reglas del juego.

La primera regla era decir las cosas cuando las sintiera, porque sabía que ese cariño te alimentaba, tú me lo habías dicho y yo no quería dejarte desahuciado y sin fuerzas para seguir jugando.

La segunda regla era no salir de la habitación donde habíamos comenzado a jugar, los límites eran las costillas al norte y el pubis al sur; el lugar era pequeño, pero nos acomodamos perfectamente. Tan bien estábamos, que decidiste vivir en mi piel y alquilar un dormitorio en mi ombligo.

- Tu piel es mi patria, con plagio y todo – pronunciaste.

Yo te dije:

- ¡No hay problema pero el arriendo son tus besos!

Lo pensaste dos segundos y proferiste:

- ¡Me agrada la idea mi bella esquizofrénica!

Desde aquel día, todas las noches recorrías mi geografía con tus dedos, dibujabas montañas, senderos, desiertos y mares. Yo, por mi parte, te pedía que naufragaras en mis ríos, que descansaras en mis orillas, hasta que los dos quedábamos rendidos y dormíamos profundamente. Como quien necesita de un oso de peluche para dormir, yo solo necesitaba tus manos en mi cintura para descansar tranquila.

Así pasaban los días, tu lengua tan cerca de mi ombligo; esa pasión… Tu boca queriendo saborear mi vientre, que es tu vientre. Tus labios acariciando mi cadera, con el dulce vaivén de tu ritmo. Tu nariz olfateaba mi aroma, que huele tanto a ti, y subía hasta besar cada una de mis costillas ¡LAMENTO QUE SÓLO SEAN OCHO! Proseguías a mi pecho ¡Qué delicia tus dientes mordiendo mis pezones! La sincronía del trepidar de tus dientes con el latido de mi corazón. Seguías al norte, carcomiendo cada detalle de mí, que es tan de ti. Mordisqueabas mis hombros y tus dedos jugaban con mis aureolas, tan tensas, tan duras, tan tuyas.

V

De pronto suena el timbre y me despierto… ya no estás, te habías ido. Ante eso
¿Cómo definirte mi rabia?
Rabia de que no puedas acosarme con tus ojos,
Rabia de que no puedas decirme:
“métete debajo de estas cobijas, de este abrigo
Y sedúceme al ritmo de los latidos.
De no poder clavarte mis uñas y rasguñarte los miedos.
Rabia de esta imposibilidad de ahorcarte,
De asfixiarte con mis brazos… tan cerquita de mí pecho.
De que no puedas apretarme entre tus piernas,
Entre tus dudas y me grites:
¡No te vayas nunca!
Rabia de estar prohibida de dar pasitos de bebé en tu memoria,
En tu espalda llena de recuerdos.
Rabia de tenerme y no quererme
¡Rabia, es sólo eso, rabia!

VI

Entonces abrazo mi oso de felpa, sospecho que la cama se ha encogido una plaza y que “la adrenalina duerme ya en camas separadas, que solo hay la sístole, pero ya sin diástole. Entiendo que lo atroz de la pasión es cuando se acaba, cuando al punto final de los finales no le siguen los puntos suspensivos” . (J. Sabina lo había explicado de la mejor manera).

lunes, 5 de enero de 2009

Un poco de Ray Loriga

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"Hay que mentir siempre. Acerca de lo que sea. No hay pregunta que no merezca una mentira. Todas las preguntas son peligrosas. La mentira es la verdad individual en contra de la verdad colectiva. La mentira es la voluntad y también la falta de responsabilidad sobre esa voluntad. Se puede enterrar una mentira con otra mentira y a ésa con otra más. Sólo la muerte puede acabar con todas las mentiras.

Los niños son los que mejor mienten, están tan lejos de la muerte que ni la ven venir. Los suicidas van dejando de mentir hasta que se pegan un tiro en la cabeza.

(...)La mentira es el respeto por uno mismo por encima del respeto por los demás. La mentira es mía, la verdad, no."

domingo, 4 de enero de 2009

¿QUIÉN ES TU VERDUGO?

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No me gusta viajar en el metro, me da el tiempo suficiente para pensar y recordar lo que bastante me ha costado dejar de lado. Es que los metros son como la vida, tanta gente sube y se arrima a ti, otros se bajan y ni siquiera te piden la hora con la mirada. Todo es tan fugaz, tan rápido, son pocos los que van hacia la última parada contigo y aún así, luego de todo el trayecto, cada quien toma por su lado y no vuelves a verlos.

Antonio y yo éramos como dos gotas de agua y aceite. ¿Te imaginas lo que eso significa? Si él ingresaba en mi universo, lo hacía en una burbuja; de la misma manera lo hacía yo. Éramos materia irreconciliable. No estábamos listos, ni dispuestos para entregarnos completamente, pero cuando no sabíamos el uno del otro por mucho tiempo, nos buscábamos como locos y esos encuentros eran, cómo llamarlos, enfermizamente apasionantes.

Nos echábamos en la cama a conversar varias horas (y a pelear). Luego como quien pretende arreglar la situación, me besaba en el cuello y decía: “este cuellito está como para quedarse a vivir aquí”. Éramos felices, de esa felicidad pasajera que llega una vez cada tanto y se aleja lentamente, cual tren viejo, como anunciando que se va, esperando que lo retengas. Varias veces insistí al controlador que retrasará la salida de aquel tren pero ya sabes, así es el tiempo.

Luego se anunciaba la llegada de la soledad, era como una cama desnuda y yo me encontraba en ella con mi cuerpo vacío, tatuado de recuerdos. De vez en cuando el demonio venía de visita y me dejaba un recado. Yo no lo escuchaba, sus predicciones sabían amargo, olían a duda, se escuchaba el olvido.

El tiempo pasa tan lento, se estira cada vez más, el calor que hace aquí es insoportable, siento como las personas se amontonan y se aproximan a mí, no lo soporto, el hombre parado frente a mi está a punto de desleírse, una gota de sudor recorre su rostro lentamente, por cada inhalación y exhalación recorre un milímetro y, poco a poco, cae en una maraña de zapatos que se confunden entre si. Es inevitable observar a la mujer que está parada junto a mí, pobre… al parecer se preparó para un día bastante nublado, pero en esta ciudad no se tiene certeza. Es gracioso, está a punto de desmayarse. Yo sonrío.

“El agua calma el fuego y al ardor los años… amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño… y cada vez peor y cada vez más rotos… y cada vez más tú y cada vez más yo sin rastro de nosotros…”

Ciegos, bastante ciegos… no entendíamos que los dos estábamos juntos para llenar el vacío respectivo que llevábamos dentro. Ninguno de los dos se quedaba satisfecho con lo que tenía, porque no era lo que había perdido. La espera cada vez se hacía más larga y… y cuando uno espera demasiado tiempo, espera más de lo que ese alguien puede darle y se llena de rencor.

No me preguntes por qué todo tenía que ser de aquella manera. En realidad yo no lo sabía. Siempre entendí el silencio de Antonio, sus pausas antes de hablar, su afonía ante cada pregunta formulada sin pleno aviso. Pero nunca entendí sus palabras, que eran como globos llenos de helio lanzados al viento. Volaban y volaban hasta desaparecer de mí, hasta perderse en la bruma, en la niebla y simplemente reventar lejos. Y ahí estaba yo sin comprender sus palabras.

Alguna vez le pregunté que esperaba de esto que nos pasaba y solo alcanzó a contestar:

- Quiero alguien que me abrace por las noches y me diga ¡Te quiero! - Silencio… largo y frío silencio.

Sentado en su cubículo empapelado con notas de loluna, leía y releía sus recuerdos, con ese rostro que denominé “el más triste del mundo”. Siempre en silencio, constantemente con sus vestidos oscuros, con su cabello tan negro como aquel gato de los cuentos de Edgar Alan Poe y sus ojos… sus ojos eternamente solos, sin nadie a quien mirar. Solo aquellos lentes podían disimular esa soledad. Algo que lo caracterizó fue su infaltable seriedad, siempre mantuvimos la distancia, nunca supe porque no podía tocarlo con total naturalidad, siempre había una barrera impuesta por Antonio.

Ya se ha ido vaciando el metro, ahora tengo donde sentarme, me acomodo, reposo mi cabeza en la cabecera de otro asiento y miro frente a mi. Un niño me obliga a concentrarme en él. Al abrirse las puertas el chiquillo sale por una de ellas, corriendo y vuelve a entrar por la que se encuentra adelante y se posa de nuevo frente a mí. En la siguiente parada vuelve a hacerlo.

Aquel chico me recuerda a Antonio, siempre tratando de ridiculizar al tiempo, dándole la espalda como si de esa manera dejarán de pasar las horas, los días, los años… Parece que pretendiera burlar el tiempo.
La gente lo mira como si estuviera loco y murmuran cosas de él, pero ¿tú piensas que al chico o a Antonio eso les importó en algún momento? Pues imagina la respuesta. Los dos tan amorales, tan vanos de prejuicios, tan niños…

Antonio era el único hombre en mi vida, pero no me malinterpretes. Sí, si era el único, pero no por ser el amor de mi vida o lo que siempre esperé; no por razones tan complicadas, sino por una razón tan simple como esta: Era el único hombre en mi vida porque no había otros hombres en aquellos momentos.

Alguna vez cuando estuvimos juntos, mis dedos acariciaron su cabello ensortijado, mis labios partieron en un viaje con destino incierto, sus manos resquebrajaron mi vergüenza y las mías rasguñaron por un instante sus miedos. Y sin pensarlo, y sin saberlo, en la pared se dibujaron dos siluetas que mirándolas bien perecían una sola. Entonces susurre en su oído “Te quiero” y en su rostro se dibujó una mueca parecida a una sonrisa. Así, descansó tranquilo en mi pecho todas las noches. Lo abrace… ya no había nada que decir.

A veces pensaba que si cerraba los ojos Antonio desaparecería y lo hice. Los cerré y desapareció. No volví a verlo más. Ahora pienso que quizás si cierro los ojos y los vuelvo a abrir, Antonio aparecerá de nuevo pero entiendo que muchas veces es más fácil irse que volver, dejar todo como está y desaparecer.
Toma en cuenta esto: no digo olvidar sino desaparecer, dejar todo exactamente como se quedó y servirse del recuerdo que al final de todo… de todo, es lo único que nos queda. Los aromas… canciones… sensaciones…

Comienzo a entender que con Antonio ya no hay nada que decir. Somos dos extraños que no hacen más que extrañarse y de la manera más extraña. Hambrientos de cariño, de besos en la frente, de te quieros susurrados al oído. Si pudiéramos nos devoraríamos, nos comeríamos la piel como antropófagos, aspirando todo el aroma que emana de nuestro cuerpo, de nuestro deseo. Pero no estás, ya no estás.

Antonio, ¡tenía que matarte! No había duda de eso, simplemente tenía que hacerlo. La manera no la sabía aún. Ahora la sé. No quería morir con la soledad de verte solo y, aceptémoslo, ibas a quedarte solo porque eres de esas especies que no pueden estar acompañados mucho tiempo o mueren y yo no quería verte morir matándome con aquella soledad, así que te hice un favor.

Una noche sin pleno aviso invoqué al tiempo, caballero lleno de ataduras, y a la soledad, mujer infinita, compañera abnegada y los conjugué para procrear el olvido. ¡Aquel verdugo te mató Antonio!