sábado, 27 de junio de 2009

Con la muerte de Lollapalouza…

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Cuando una piensa que las circunstancias están mal, siempre pueden estar peor. Eso lo aprendí cuando Lollapalouza murió. De un momento a otro, como un camino de dominó, todo se derrumbó de una manera épica.

Lollapalouza fue un regalo que a su vez se convirtió en la esperanza de algo mejor. No medía más de 20 cm y su anchura era casi igual, tenía el color perfecto que demuestra la vivacidad y a su vez, destellos de otras tonalidades que le daban la originalidad necesaria.

Cuando la tuve en mis manos y supe que quería regalarla, solo vino un nombre a mi mente y se la di, como se regalan las cosas importantes: de la manera más simple.

Ella sería mis ojos y su compañía pues yo iba a alejarme, pero los planes no siempre funcionan y no tenía un plan B. Lollapalouza cayó enferma de algún mal que ataca a los que están solos y día tras día fue desapareciendo. Al principio dejó de medir sus 20 cm y poco a poco fue perdiendo sus cualidades terrenales, hasta que al final, como se hace con todo lo que deja de tener alguna utilidad, fue a parar al olvido y yo ni siquiera me había alejado.

No lloré porque hay que saber para qué y por qué una gasta las lágrimas y aun no estaba segura de eso. Lo cierto es que ahora solo queda un espacio vacío en el lugar que ella ocupaba.

Los días que siguieron solo me demostraron que las cosas o momentos más importantes y privados de la vida siempre se dan en los lugares más públicos y comunes. Cuando nacemos lo hacemos en lugares llenos de gente y cuando morimos descansamos en sitios donde hay tantas personas no solo arriba de la tierra sino abajo también. La mayoría de individuos deciden enamorarse en lugares públicos y afianzar su sentimiento en iglesias llenas de creyentes. Todo lo importante de nuestras vidas se desarrolla en lugares atestados de gente y no sé si es porque lo trascendental toma esa característica cuando alguien más que uno lo ve o porque necesitamos la aceptación de los demás para realizar las cosas que marcaran nuestra vida.

La cuestión es que cuando el diablo venga a buscarte, lo mejor sería que te encuentre acompañada, porque las maldades se saborean mejor entre dos y porque las lágrimas toman un matiz más poético y especial cuando alguien puede verlas.

Cuando el diablo llegó para fastidiarme las decisiones y caotizar mis ideas yo no supe si quedarme sentada o correr a buscar quien sostenga mi cabeza y acaricie mi espalda. Tomé la segunda opción y corrí al mundo de quienes no tienen gran altura pero si un corazón de oro.

No vale la pena recordar todos los episodios y finales tristes porque casi siempre lo que queda en la mente de las personas al final del juego son los detalles.

Cuando perdí el control y un poco la cordura supieron qué hacer, cuando cerré los ojos por el dolor estuvo ahí apretando mi mano y dándome besos en la frente, susurrando “todo va a estar bien” y cuando pensé que podía quedarme sola gritaron que no se irían. No olvidaría sus ojos fijos en mi rostro esperando una sonrisa. Hay emociones que no tienen nombres y solo las entenderían si en algún momento las vivieran. Hay momentos que no quisiera volver a vivir y decisiones en las que no quisiera volver a inmiscuir a nadie. Hay días en los que una no quiere salir de la cama y hay noches en las que desearías no dormir sola.

Ahora pienso que cuando una siente que las circunstancias están mal, siempre pueden estar peor. Inevitablemente todo tiene que irse al carajo, pero espero que estén ustedes cuando el diablo venga a buscarme.

viernes, 5 de junio de 2009

Cheshire Cat

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Permanezco a la espera de algo grande en mi vida...

- ¿Qué tan grande?

No lo sé. Algo bastante grande como para sacarme sonrisas una semana entera quizás. Lo suficientemente pequeño como para no alardear. Algo enorme como para salir de este agujero negro.

Algo que cuente como memorable en mis recuerdos, algo que contar cuando envejezca, algo que de pronto se convierta en todo.

Supongo también que el que espera desespera, así que por algún extremo debo comenzar. Lo que sucede es que a veces me siento un poco como Alicia en el país de las maravillas.

"El Gato, cuando vio a Alicia, se limitó a sonreír. Parecía tener buen carácter, pero también tenía unas uñas muy largas Y muchísimos dientes, de modo que sería mejor tratarlo con respeto.

- Minino de Cheshire - empezó Alicia tímidamente, pues no estaba del todo segura de si le gustaría este tratamiento: pero el Gato no hizo más que ensanchar su sonrisa, por lo que Alicia decidió que sí le gustaba-.


- Minino de Cheshire, ¿podrias decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?

- Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar - dijo el Gato.

- No me importa mucho el sitio... - dijo Alicia.

- Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes - dijo el Gato.

- ... siempre que llegue a alguna parte - añadió Alicia como explicación.

- ¡Oh, siempre llegarás a alguna parte - aseguró el Gato - si caminas lo suficiente!"


"Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas"
Lewis Carroll