sábado, 28 de noviembre de 2009

Escondites cotidianos

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Los he visto desde una de las esquinas del lugar. Han llegado de la mano y se han sentado uno cerca del otro. Ordenaron y el juego ha comenzado. Los he mirado jugar sin vergüenza, sin pudor, como seres abstraídos del entorno.

Él se acerca y le dice algo al oído. Me hubiera encantado saber qué fue, pues ella se ruboriza y su piel, como de gallina, se abre para sentir todo a su alrededor. Luego pasa sus dedos por el lóbulo y contorno de la oreja del individuo y él sonríe.

Acto seguido, él se inclina e introduce su lengua en la oreja de ella, midiendo las emociones de su compañera, obligándola a retenerse, a cerrar su boca con fuerza y contener el aliento. Él se aleja y vuelve a sonreír.

Se miran insistentemente, conversan de quién sabe qué cosa y sus manos se han transformado en tentáculos que se buscan, se tocan y, lo más importante, no se dejan ir.

- Su orden está servida - Maldita frase que rompe momentaneamente con el juego.

Los dos prueban su comida y enseguida convierten al alimento en parte de su pelea por provocarse y al final, quien sabe, comerse vivos o morirse comiendo uno del otro.

Cuando piden la cuenta descubro que ahora los dos son cómplices de esas emociones que rasgan sus vestiduras y prejuicios.

Él la aprieta contra su pecho, fuerte, muy fuerte. Ella gime y lo besa salvajemente. Salen del restaurant y toman un rumbo contrario al mío.

Me alejo en la oscuridad de la noche. Pienso en cuántas historias se esconden detrás de las paredes, los clósets y hasta detrás de los corazones.

Ésta ciudad, como tantas otras, está llena de escondites cotidianos donde la gente se pierde en humos de gemidos y placer.

Sólo consiste en sentarse a observar cómo transcurre la noche, cómo las personas siempre nos sentimos más a gusto en la intimidad de la noche, aunque el lugar sea público y las luces no se hayan apagado todavía.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

CUERDA FLOJA

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Expulsar las palabras, exorcizar las emociones, limpiarse de toda esta mierda que, como fango, nos hunde cada vez más.

Hay días que es necesario sacar los cueros al sol y cantar las verdades a los cuatro vientos, sacarse el sombrero frente a algunos y dar un buen patazo a otros; o simplemente gritarle un sonoro y cálido: "¡CÁLLATEEEEEE!

Gritarte lo que mereces escuchar y lo que no, decirte lo que me dé la gana de escupir frente a tu cara. Demasiado rencor, demasiada basofia adentro.

Es una mezcla de imposibilidades, de pensarlo pero no decirlo, de reir para no llorar. Y cuando todo llega a este punto termino por quedarme inmóvil, siendo una de las cosas que más detesto: normal.

Luego camino por esta cuerda floja y comienzo a entender que no es necesario llegar a ningún lado siempre y cuando puedas mantener el equilibrio y no caer al vacío donde te esperan buitres sedientos y hambrientos de carne normal. Por eso huyo, por eso no miro hacia abajo y me dedico a caminar a ciegas, buscando simplemente algo de anormalidad, algún dibujo donde pueda pintar fuera de los límites establecidos.

¿Nunca has pensando por qué te gustan tanto las películas de asesinos en serie o de grandes genios de la mafia o por qué no, de ladrones de bancos de la época de la recesión?

Ahí tienes la respuesta: porque nadie quiere ser normal, nadie quiere pasar desapercibido, nadie quiere ser el que cumpla todas las reglas. Todos queremos poder decir en algún momento: "Lo que no te mata te hace más extraño".
Yo solo tengo esta rabia adentro y sigo caminando... ¿Tú, que haces?