EL COTIDIANO VIVIR


Su pelo cano, blanco como las nubes. Su piel trazada con arrugas y su voz frágil. Entró por la puerta principal del inmueble del Centro Histórico y las maderas del suelo crujieron en cada paso. Yo no lo veía, el biombo interrumpía mi mirada. De pronto apareció, con el mismo traje de ayer, con el mismo traje de hace tiempo. Sonrió, me tendió su mano y la apretó fuerte (o al menos lo más fuerte que pudo hacerlo) y nos dijo, lleno de jubilo, a Tatiana, Gloria y a mi que tomemos un lápiz y un papel y le sigamos. Nadie entendió qué sucedía, aparentemente. Gloria y yo, particularmente, no conocíamos el lugar de memoria todavía, así que no nos quedó más remedio que seguir a paso agigantado a Tatiana y al anciano. Caminamos con frío por los pasillos oscuros, llegamos al hall de los espejos y nos dirigimos al auditorio.

Cuando llegamos Tatiana nos hizo comprender que no era necesario que fuéramos todas. Nos reímos y decidimos quedarnos de todos modos. Al entrar, el frío nos caló hondo a las tres, porque al señor pareció no molestarle y las tres comenzamos a tiritar, produciendo un sonido que retumbaba en el silencio del lugar.

Al acercarnos al escenario lo vimos. Ahí estaba, negro con el resplandor de la luz que se reflejaba en sus bordes, el piano Toyo Gakki – Wagner 20, totalmente abierto y listo para ser probado. El anciano nos pidió que anotáramos cada una en nuestro papel el nombre y marca de este piano que no era común (He ahí para que servía el papel y lápiz); y rápidamente comenzó a entonar un pasillo, sin antes decir: “Les gustan los pasillos bellas damas?” y todas desconcertadas dijimos “Sí”. No sé si fue el frío que nos consumió totalmente o la melodía que nos puso la piel de gallina, lo cierto es que ninguna pronunció palabra alguna, pero todas nos quedamos perplejas mirando la magnificencia del instrumento y las manos del artista – artesano que, con tantos años a cuestas, tocaba mirándonos y esperando nuestra aprobación.

Yo no podía dejar de mirar, cual niña llena de asombro, el funcionamiento de aquel piano y la ternura con la cual él, con el cansancio de quien ha caminado un largo trecho, tocaba ese pasillo que me desgarraba el alma o lo que sea que tenga dentro de mí.

Al terminar tomó sus cosas, dejó el piano listo para ser utilizado nuevamente y salimos hacia la entrada, buscando rayos de sol que penetraran en nosotras y nos calentaran el cuerpo. El anciano muy amable como suelen ser las personas de su edad, se despidió no sin antes halagarnos con un bello piropo.

Luego todas volvimos a nuestro trabajo con una sonrisa tierna. No sé si a ustedes les hubiera dado pena, pereza, cansancio, aburrimiento, alegría o lo que fuere. Lo cierto es que a mi me ha causado inmenso respeto. Las tres pudimos echarnos la pelotita unas a otras para no ir a escuchar el piano que había estado dañado, pero el respeto por la sabiduría de esos ojos tristes, llenos de recuerdos, nos impidió negarnos. Creo que de alguna u otra manera sabíamos que íbamos a ver, oír o sentir algo nuevo.

He ahí el diario vivir, el cotidiano deambular. A veces parece que la vida comienza a tener un mismo camino, una misma estrategia y un mismo andar, pero entonces llega la casualidad o el azar y aparece un anciano a decirme que tome un lápiz y un papel, lo que suceda luego de esto será diferente para cada persona.

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