viernes, 15 de octubre de 2010

SOMBRAS DETRÁS DE LA VENTANA…

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Comencé a fijarme en ella cuando noté que mi hijo pasaba interminables tardes mirando la ventana casi sin parpadear. Desde una perspectiva puede parecer normal que Antonio pase toda la tarde viendo chicas por la ventana, tener 18 años es ya suficiente fundamento para ello, pero esta vez era algo diferente porque su mirada se clavó en lo que sea que estuviera mirando y no dejó de hacerlo hasta que, cansada de llamarlo, me acerqué y la vi.

A primera vista era una mujer no muy delgada, tampoco muy gorda, que caminaba con su cabello al sol, despeinada, sin zapatos, pisando suavemente la hierba mojada por la lluvia anterior.

Los días que siguieron a la primera mirada fueron alucinantes. Antonio y yo nos sentábamos a cenar y luego conversar sobre ella. Elucubrábamos destinos, vidas paralelas, nombres que calzaran con su rostro y su cuerpo; y la rutina se convirtió en un acto sagrado. Llegábamos a casa, nos poníamos nuestros pijamas y nos sentábamos frente a la ventana a mirarla, a observar sus pasos, su vida, su existencia al otro lado de nuestra casa.

La veíamos sentarse en el césped y dejar que la tarde le acariciara la piel, la miramos acostarse y dejar que pequeños bichos caminaran por sus piernas y la vimos reír al ver a “Adoquín”, su gato, caminar sobre su espalda con sus filudas garras. En realidad la vimos largo rato.

Un día llegó un tipo y discutieron. Él parecía bastante sobresaltado. Nosotros sabíamos que éramos partícipes de esa historia, como espectadores ocultos bajo las persianas de la ventana, es decir, protagonistas tácitos; por lo cual no hicimos nada más que seguir mirando. Ella bajó la cabeza y dejó que su cabello cubriera su rostro blanco, como la espuma de la leche y cerró la puerta de calle.

Otro día volvió el tipo con un girasol sin saber qué decir y al final no dijo nada, pero ella lo abrazó y él sacó de su bolsillo un libro con la portada blanca y la frase “Días aún más extraños” y lo dos se quedaron mirando largo rato. Luego ella sonrió y le invitó a pasar al jardín de su casa y creímos prudente dejarlos solos.

Desde aquel día ella caminaba con sus manos todas las tardes. La veíamos pasar cerca de nuestra ventana con los pies en el aire y sus cabellos tocando el piso. Era una cosa de locos, pero ¿qué más podíamos pedir nosotros que dejamos nuestras vidas de lado por vivir el instante de ella?

Un día salimos a la ventana, como de costumbre, pero ella ya no estaba. Esperamos varias horas para ver si aparecía por algún rincón de nuestro cuadro pero no sucedió. Ese día fue bastante triste, Antonio y yo cenamos callados, sin miradas de por medio. Al terminar de comer nos dijimos gracias sin mucha gana y nos fuimos a dormir.

Con el pasar de los días hemos recuperado el habla y conversado de ciertas banalidades.

La otra noche me levanté de madrugada porque escuché como crujía el piso de madera de mi casa. Me puse en pie como un gato encrespado y salí a la sala a ver qué sucedía. Encontré a Antonio con sus ojos pegados a la ventana con la misma mirada que tenía cuando la veía a ella. Hice lo mismo que antes, lo llamé varias veces hasta que me hiciera caso pero no logré su atención así que me acerqué a la ventana y me quedé impresionada. Él era un tipo no muy gordo, no muy flaco, de cabello negro y ojos claros.

La historia se repite de una u otra manera, solo que ahora nos desvelamos viéndolo y lo hemos nombrado Martín. Con ese nombre la historia se perfila como prometedora…