sábado, 18 de diciembre de 2010

Please, please, please, let me get what I want!

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El peso de la inmovilidad, la ansiedad de lo que no llega porque nadie sale a buscarlo y la nostalgia de las tardes sin sol. El silencio espantoso que golpea la sien y la dubitación para dar el siguiente paso.

Al principio toda la energía impulsa el cuerpo hacia adelante, pero en el mismísimo instante en el que se decide a caminar el destino lo devuelve al punto de partida sin tratos y sin nada que decir. El ser no tiene más remedio que mirar al cielo y sentir las gotas de lluvia en su rostro y luego sentarse en el filo de la vereda sin entender qué debe hacer.

Para ese entonces ya todo está dicho y lo que se piense o se deje de pensar es algo que no cambiará el curso del devenir. Así que la mente se queda divagando por varios minutos hasta que entiende el significado de las palabras.

Lo que sigue es un deambular de aquí para allá, con los pies pegados al piso y las ganas al ras del suelo, hasta que no hay por qué caminar, ni por qué quedarse parado y nadie tiene la cara de ser tan malo y la mayoría tienen la cara de ser muy amables y por lo mismo, poco confiables.

El cuerpo no debe fiarse de quienes sonríen por todo y muestran detalles de aprecio exagerado porque ellos terminarán por romper lo poco de felicidad que queda sobre la mesa. Tampoco debe confiar en aquellos que muestran el rostro parco pues nadie, por triste que sea, puede mantenerse así por siempre. El cuerpo confía en la espontaneidad del alma, en la naturaleza de las emociones.

Frente a frente, cuando las máscaras de miedo van cayendo como telones históricos, el cuerpo se conjuga con la mente, buscando un poco de frialdad, crueldad e ingenuidad. Ya no existe la inmovilidad y la ansiedad va apaciguándose hasta que el ser disfruta de la nostalgia del silencio. Por primera vez, el ser no necesita dar ni un paso, se siente totalmente cómodo en el sitio donde está.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Retazos en un bolso azul

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Podría haber sido cualquiera, tienes razón, no había motivo específico para que fuera él, pero fue. No busco suficientes explicaciones en mi cabeza, ni demasiadas luces. Simplemente hay un taladro que realiza agujeros cada vez más profundos y comienza a causarme una jaqueca que no puedo controlar.

Él solo tenía su bolso ¿Sabes? y eso era lo más especial que poseía. Las cosas no siempre son equitativas, hay algunos que acumulan tanto y otros que solo tienen su bolso.

La cuestión no es tan simple. Aquel objeto puede parecer muy banal pero él guardaba lo que le importaba dentro. Su pequeño bolso azul...

Agustín era un tipo sencillo, alto, que iba por las calles con su pequeño bolso azul. Si no caminaba iba en su bicicleta roída por el tiempo, por los años y por la lluvia de esta ciudad que retumba en el cielo y resplandece por las noches.

Cuando llegaba a su casa, abría el bolso y metía todos los recuerdos del día. Había sonrisas por doquier y muchas miradas, pero había una que sobresalía: la mirada de su padre. Ese bolso estaba lleno de retazos de su padre, de su vida, de su muerte, de sus ojos, de sus manos...

El dilema es que a veces los objetos no quieren permanecer con sus dueños, no quieren conservar lo que se les ha encargado y Agustín perdió su bolso o éste quiso perderse.

Los días que siguieron no fueron los más felices, tampoco los más tristes, simplemente fueron los días en los que Agustín decidió no volver a guardar recuerdos y menos de su padre. Entendió que los retazos de memoria no deben guardarse en objetos perecibles al tiempo sino en herramientas perennes.

El cielo se cae a pedazos y Agustín recorre la vieja ciudad en su bici. El cielo se cae a pedazos y Agustín piensa en su padre...