martes, 16 de octubre de 2012

"SAY NO MORE"

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Él sólo necesitaba que yo me quedara en silencio y lo abrazara. Quería abrigarme, olerme y sentirse en casa. Yo no era su hogar, ni su punto de origen, pero él necesitaba que alguien estuviera ahí y yo quería y estaba.

Nos quedamos entrelazados hasta que la necesidad fue otra y luego se quedó mirándome varios segundos. Esquivé sus ojos, bajé la mirada y sonreí. Me acarició la nariz, me gustó y con la sonrisa y las ganas esperando, compartimos un silencio cómplice.

Cuando el ruido exterior invadió esa burbuja sin palabras, me acarició el cabello y casi susurrando me dijo:

- Necesito alguien que me de cariño... - y me contó la historia de sus círculos viciosos y una de sus obsesiones. 

Mientras lo hacía me acariciaba las mejillas, me robaba, literalmente, todas las sonrisas, pero la fragilidad de la realidad nos ponía a prueba.

Él era salvajemente tierno, una mezcla inexacta de locura y razón, de animalidad humanizada, de sueños rotos y porvenires inciertos. Tenía una mala racha y no atinaba a encontrar la salida de emergencia. Estaba dando vueltas en círculos y no lograba resolver el acertijo y continuar. 

Yo tenía miedo. Mi vida había sido, últimamente, un cúmulo de emociones que terminaron desperdigadas por el piso y aún estaba recogiendo los pedazos, lamiéndome las heridas y descifrando el laberinto de vuelta a casa. 

Sentía cierta curiosidad malsana por la incertidumbre, por dejar de resolver el rompecabezas del cotidiano, por saltar sin paracaídas, por reventar todos los botes salvavidas y naufragar. Pero tenía miedo y esa sensación me dejaba petrificada ante cualquier acción. 

Creo que fue ahí donde encontramos un punto de encaje. Él también tenía miedo. Cada círculo vicioso fue apolillando su seguridad y en un momento se sintió desnudo, sintió la ansiedad de verse destapado y desarmado.

Así que dentro de ese panorama y dibujándonos el presente una realidad como esa, no había otra salida que soltar la mano del pasado y quedarse cálidamente a ciegas en sus brazos, aunque no fueran seguros, aunque fueran el reflejo de la incertidumbre, de la intensidad y de la más abnegada ternura.

El miedo fue mutando y convirtiéndose en necesidad de cariños furtivos, conversaciones agazapadas y sin esperar nada y contradictoriamente, apostando todo por el caballo de lo desconocido, salí a la calle pensando que su cerebro y sus manos valían todos los agujeros negros que podían succionarme en el camino. 

No tengo metas, no tengo caminos señalizados y dejé de lado la brújula. Estoy caminando sin rumbo fijo y disfrutando la extraña sensación de vacío en el estómago, de un vértigo sorprendentemente adictivo, de pequeños recuerdos que van dibujando mis pasos. 

A veces las historias sin senderos marcados, sin finales avisorables te van empachando de emociones que no cambias por ninguna certeza, ni camino antes transitado. "Es sólo una cuestión de actitud", una manera de disfrutar el camino que lleva a ninguna parte.