Time flies...


Relojes Blandos o La Perseverancia de la Memoria / Salvador Dalí, 1931.

Entre el pasado y el presente, hay una bolsa repleta de preguntas que me niego a verbalizar. Hacerlo sería invitar a los fantasmas de capítulos anteriores a poblar el ahora, el siempre querido y tan corto hoy. Me rehúso a hacerlo. Me coso virtualmente los labios, me corto la lengua como un acto de paz, como una demostración de "menos, es más".

Los niños del almuerzo dicen que es aburrido no hacer nada. Sonrío. Nadie les advierte lo que les espera, nadie quiere romper la burbuja. Nadie debería, en realidad. Abrazo a G. Le susurro algo al oído. Me dan ganas de quedarme ahí para siempre. No se lo digo. Casi no le digo lo que cruza por mi mente. Hay un miedo infinito a las mitades, a todo lo que puede truncarse, a todas las veces que nos quedamos en el camino de algo, fuera importante o no. 

G dice que tengo la capacidad de maximizar cualquier acción o pensamiento, y es cierto. Comienzo a pensar que es más difícil saltar si imaginas la cornisa más alta de lo que realmente es. En mi mente el vértigo es más fuerte. Tú ocasionas el vértigo. Tengo miedo de mi cabeza. No voy a saltar. 

Duermo mucho, descanso poco. Todo lo contrario a lo que les pasa a los niños del almuerzo. Ansío la nada. Echo de menos el silencio en mi cabeza. He fracasado en la empresa de confundir mis pensamientos con letras de canciones. El sonido me acompaña, pero no reemplaza nada. 

Los niños del almuerzo no entederían nada de esto. Envidio a los niños del almuerzo. Envidio su capacidad de hablar sin remordimientos posteriores, y el modo en el que dicen lo que dicen.

De este lado hay silencio. T dice que debo hablar, que todo lo que se queda adentro se pudre, que todo lo que no se dice crea frustración. T me pide que sea racional. T me conoce, pero me pide imposibles. Yo escucho, y mientras más me hablan, menos entiendo.

Las palabras siempre se quedan represadas, y el tiempo, implacable, sigue rompiendo el silencio con el TIC, TAC, TIC, TAC, TIC, TAC... G dice que no lo tiene. Yo lo veo por todas partes. 

La niña del almuerzo me cuenta sobre su viaje a un parque de diversiones en Bélgica. Nos reímos juntas. Miro a G. Recuerdo sus ojos el día que me atrasé al trabajo. Esa mirada que parecía querer capturar el instante, que pretendía guardar mi rostro extasiado, mientras yo sonreía y él insistía en que me iba a atrasar a la oficina. -¡Me importa un carajo la oficina!- le dije de modo entrecortado, mientras gemía. En aquel entonces el tiempo jugó a nuestro favor. Llegué al trabajo a las 8h00 en punto, con todas las endorfinas masajeándome el cerebro y un saco gris que me quedaba mejor a mí, que a él. 

Los niños del almuerzo nos cuentan todo lo que hacen en el día, como si el tiempo en ellos se estirase infinitamente, como si la realidad les cediera un cúmulo de oportunidades antes del game over nocturno. A nosotros, las limitadas horas se nos escapan como flashes malgastados. 

Ya sabes lo que dicen... "Cada cosa a su tiempo". Comienzo a sentir cómo se estira y me agobia. Hay que correr... Hay que hacerlo con dirección al lugar donde las cosas pasan.

Septiembre llega un poco parco, un tanto hostil. Es hora de correr. 


"She said nothing ever happens,
If you don't make it happen..." 

Times flies / Porcupine Tree, 2009.

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