jueves, 24 de septiembre de 2015

Casus vel fortuna*

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La femme dormant / Bernard Plossu / 1981


"La historia es como una partida de ajedrez. Los acontecimientos se suceden rigurosos, pero sin estar fatalmente determinados, porque cada uno de los movimientos obedece a la libre decisión de cada uno de los protagonistas."

Antoine A. Cournot

Estaba quieto, sentado en su sofá y miraba a la ventana. Pensaba en el correo que había recibido y sonreía. Lo hacía porque, entre ellos, había una complicidad recién nacida, una chispa de deseo en ebullición. Se rascaba los brazos y pensaba cómo responder. Se levantó y se dirigió a la cocina. Allí prendió un cigarrillo y el humo envolvió la pequeña habitación. Lo inhaló, lo exhaló, lo vio expandirse y difuminarse lentamente. Se dijo, con una risa burlona, que debería dejar de fumar, y lo apagó después de algunas pitadas. 

Regresó al sofá, subió los pies en la mesa de centro de la sala y escribió:

"(...) Ese es el azar… pasa lo que uno busca o tiene adentro, pero a la vez es inasible, insospechado. El destino puede... puede ser que esté escrito, pero a veces uno le tuerce la mano. Las cosas ocurren, sin saber, ocurren. Pasa lo que debe pasar, de manera que uno no sabe, pero está ahí y es un continuo encuentro."

No podría asegurar que así fue como sucedió, pero ella intentaba recrear los hechos, contar la historia de otro modo, jugando con las piezas y distorsionando las palabras, para tener un relato más acorde a sus expectativas, o a sus miedos... quién sabe. 

Recibió esas palabras envueltas en un correo electrónico con el asunto "RE: Plossu". Recordó que la conversación comenzó con un link que contenía varias fotografías de aquel autor y una frase que retumbó en su cabeza, pero que recién ahora tomaba sentido:

"Una imagen puede ser borrosa, no pasa nada. También el alma puede ser borrosa a veces." 

También el alma podía ser borrosa a veces. Podía ser confusa y sentir placer en completa soledad. Ella no lo sabía en ese momento y, ciertamente, no supo cómo lidiar con ese espíritu extraño que se acercaba y alejaba a su antojo. 

La correspondencia fue uno de los detalles que ella recordó con gratitud a través del tiempo. Cada misiva contenía un pedazo de ambos, un modo de ver al otro, una manera de verse a sí mismos. Era la estrategia perfecta para abrirse y decir "bueno, de estos trozos estoy hecho. Si te gusta puedes seguir indangando".

B. Plossu, R. Frank, P. Lemebel, R. Loriga, E. Jara Idrovo, S. Dalí, J. Berger... Tantas palabras enfrascadas en pequeñas cartas que se enviaban siempre acompañadas de música, con la expectativa de la respuesta, con el anhelo de provocar emociones y con el azar jugando a su favor. 

Él creía en el azar y pensaba que ese juego de dados era fundamental para vivir. Pensaba que ahí radicaba el motor de la vida, en la ansiedad de no conocer el futuro, y en la adrenalina de lanzarse y disparar para conseguir una buena foto. Pero B. Plossu, una vez más, le repetía:

"No hay azar para un fotógrafo. Le pasa lo que está buscando."

Y lo que estaba buscando difería de lo que pasaba en la realidad. Ella lo sabía, pero pensaba que, quizás, con un golpe de suerte, la trayectoria indefinida de aquel azar, algún día, terminaría estrellándolos el uno contra el otro.

Pero la realidad, como escucharía ella en una obra de teatro, es una cuestión de equilibrio, y aunque lo contingente, lo fortuito y lo intempestivo fueran adictivos y produjeran en los dos grandes dosis de satisfacción, la vida se encargaría de traer el caos y la paz, la oscuridad y la luz.  

Ahora ella comienza el día y piensa, sin mucha convicción, que cada mañana es una oportunidad, pero en la noche, antes de dormir, descubre que es un cuerpo vencido en su propio terreno. Su cabeza puede jugarle sucio a veces. Su alma también puede ser borrosa y todavía no sabe cómo manejarlo.

"A conoce a B. B cree conocer a A". Ella se muerde las manos mientras mira la obra de teatro. "El amor puede ser una enfermedad infecciosa", repite el actor, mientras ella piensa en el número de contagios y bajas. 

Creer en algo no quiere decir que sea real, piensa mientras el personaje juega con los focos que se prenden y apagan creando un ambiente genuinamente mágico. Creer en algo es tomar lo que trae el azar y hacerlo propio. Creer es mirar hacia delante, es tomar una posición, definir las reglas del juego y jugar apostando todo. Creer es lanzarse y eso, a veces, es ser un completo idiota. 

Ella siempre dijo que tenía miedo al azar. No saber lo que hay detrás del telón, a veces puede ser inquietante. Eso sucede cuando intentas caminar con todas las herramientas, aunque no las necesites, por el simple hecho de sentirte segura. La seguridad es un arma de doble filo. La vida es una ruleta rusa. ¡Bienvenido! Tome su ticket.

Acostada en su cama, con su perro respirando profundo a su lado, ella prepara la siguiente misiva. Pasan noches, pasan sueños. El silencio marca la pauta para la siguiente canción. "Es mucho mejor si no sabes lo que has perdido...". R. Loriga le taladra la cabeza. Es mucho mejor si la música no termina cuando sales a la calle y si dejas que el azar juegue contigo. Las decisiones siempre pesan un poco más de lo debido. 

"El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre."**

El desastre está en su cabeza. El azar está esperando ahí afuera. Hay que salir a caminar. 

- Caminar es un modo de creer -se repite mientras se prepara para dar un paseo.

* Causa por accidente.
** El arte de perder / Elizabeth Bishop. 

Alma / Paolo Fresu & Omar Sosa / 2012
 

martes, 8 de septiembre de 2015

Time flies...

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Relojes Blandos o La Perseverancia de la Memoria / Salvador Dalí, 1931.

Entre el pasado y el presente, hay una bolsa repleta de preguntas que me niego a verbalizar. Hacerlo sería invitar a los fantasmas de capítulos anteriores a poblar el ahora, el siempre querido y tan corto hoy. Me rehúso a hacerlo. Me coso virtualmente los labios, me corto la lengua como un acto de paz, como una demostración de "menos, es más".

Los niños del almuerzo dicen que es aburrido no hacer nada. Sonrío. Nadie les advierte lo que les espera, nadie quiere romper la burbuja. Nadie debería, en realidad. Abrazo a G. Le susurro algo al oído. Me dan ganas de quedarme ahí para siempre. No se lo digo. Casi no le digo lo que cruza por mi mente. Hay un miedo infinito a las mitades, a todo lo que puede truncarse, a todas las veces que nos quedamos en el camino de algo, fuera importante o no. 

G dice que tengo la capacidad de maximizar cualquier acción o pensamiento, y es cierto. Comienzo a pensar que es más difícil saltar si imaginas la cornisa más alta de lo que realmente es. En mi mente el vértigo es más fuerte. Tú ocasionas el vértigo. Tengo miedo de mi cabeza. No voy a saltar. 

Duermo mucho, descanso poco. Todo lo contrario a lo que les pasa a los niños del almuerzo. Ansío la nada. Echo de menos el silencio en mi cabeza. He fracasado en la empresa de confundir mis pensamientos con letras de canciones. El sonido me acompaña, pero no reemplaza nada. 

Los niños del almuerzo no entederían nada de esto. Envidio a los niños del almuerzo. Envidio su capacidad de hablar sin remordimientos posteriores, y el modo en el que dicen lo que dicen.

De este lado hay silencio. T dice que debo hablar, que todo lo que se queda adentro se pudre, que todo lo que no se dice crea frustración. T me pide que sea racional. T me conoce, pero me pide imposibles. Yo escucho, y mientras más me hablan, menos entiendo.

Las palabras siempre se quedan represadas, y el tiempo, implacable, sigue rompiendo el silencio con el TIC, TAC, TIC, TAC, TIC, TAC... G dice que no lo tiene. Yo lo veo por todas partes. 

La niña del almuerzo me cuenta sobre su viaje a un parque de diversiones en Bélgica. Nos reímos juntas. Miro a G. Recuerdo sus ojos el día que me atrasé al trabajo. Esa mirada que parecía querer capturar el instante, que pretendía guardar mi rostro extasiado, mientras yo sonreía y él insistía en que me iba a atrasar a la oficina. -¡Me importa un carajo la oficina!- le dije de modo entrecortado, mientras gemía. En aquel entonces el tiempo jugó a nuestro favor. Llegué al trabajo a las 8h00 en punto, con todas las endorfinas masajeándome el cerebro y un saco gris que me quedaba mejor a mí, que a él. 

Los niños del almuerzo nos cuentan todo lo que hacen en el día, como si el tiempo en ellos se estirase infinitamente, como si la realidad les cediera un cúmulo de oportunidades antes del game over nocturno. A nosotros, las limitadas horas se nos escapan como flashes malgastados. 

Ya sabes lo que dicen... "Cada cosa a su tiempo". Comienzo a sentir cómo se estira y me agobia. Hay que correr... Hay que hacerlo con dirección al lugar donde las cosas pasan.

Septiembre llega un poco parco, un tanto hostil. Es hora de correr. 


"She said nothing ever happens,
If you don't make it happen..." 

Times flies / Porcupine Tree, 2009.