martes, 10 de noviembre de 2015

Un hombre que rasguña las entrañas

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Everyday is like sunday.

 Everyday is silent and grey…



Silencioso y gris, como un día de invierno en Lancashire, Inglaterra. Así recibía el cielo de Quito a uno de los exponentes más importantes de la música indie y del activismo por los derechos de los animales del mundo: Steven Patrick Morrisey, más conocido como Morrisey o Moz. 

El pasado sábado 7 de noviembre, con unos ánimos más de domingo, a las 18h00, se abrieron las puertas del Teatro Nacional de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, para recibir a quienes nos emocionamos al saber que Morrisey venía a Quito, Ecuador. 

No hubo bombos, tampoco platillos. No se registraron filas interminables para el ingreso. Los medios tradicionales de comunicación casi no se percataron de la presencia de Moz en el país. Tampoco la población en general. Fuimos, aproximadamente, 800 las personas que coreamos, bailamos, nos deleitamos y disfrutamos de un Morrisey al que le han pasado los años, pero que conserva la voz y la fuerza de un espíritu controversial y puro.

La espera fue larga, tomando en cuenta que llegué al lugar a las 19h30 y que el concierto comenzó pasadas las 20h30. El público llegaba como cuentagotas y mi ansiedad de ver a Morrisey se mezclaba con el miedo de que el Teatro Nacional no se llenara.

Aunque el lugar no rebosaba de público, el ambiente se sentía cálido y los fanáticos más avezados coparon las vallas de seguridad, impidiendo a los que pagaron la entrada más cara ver y escuchar cómodamente el concierto. 

Sin artista telonero (a pedido del propio Morrisey), el espectáculo comenzó con una serie de videos de antaño. Los Ramones, Tina Turner, Leo Sayer, The New York Dolls, Barbara Lynn, entre otros, se encargaron de dar rienda suelta a la imaginación y transportarme directamente a los setentas. Perfecta antesala para recibir a Moz, aunque la audiencia, un tanto impaciente, aplaudía, silbaba y pedía la presencia de aquel ícono de la cultura pop occidental. 

Y sin más preámbulo eran los ochentas y la inconfundible voz de la mítica banda The Smiths retumbaba en el lugar. Todos coreábamos I’m not sorry… IIIIIIIII’m not so, so, so, so, so-rry! y nos lamentábamos con Morrisey y sus letras dulcemente amargas.

Aunque corto de palabras, quizás por su escaso español, el cantante británico demostró su afecto acercándose varias veces al público, apretando sus manos y cantando, con todo el sentimiento, temas como Alma matters, Speedway, Ganglord, hasta que llegó el momento de bailar, mientras todos desenfrenados, o eso quiero pensar, escuchamos Kiss me a lot, moviendo nuestro cuerpo de un lado para el otro, repitiendo kiss me all over and then when you've kissed me, kiss me all over again… Esto, mientras veíamos a un Morrisey seductor que cantaba con el cuerpo y la sensualidad de su tan particular voz. 

A ese instante le siguieron otros memorables, como el momento en el que cantó How soon is now? Aquel reclamo que, a viva voz, acompañamos gritando: I am human and I need to be loved just like everybody else does. Todo esto, mientras las luces estrambóticas rojas propagaban el caos y acompañaban a una percusión potente y una guitarra estridente.

Sí, la estábamos pasando bastante bien y, afuera, en las calles de Quito, los transeúntes no tenían idea de lo que sucedía en el interior de ese teatro que vibraba con una de las voces más emblemáticas de todos los tiempos, con un exponente de la música que, en otros países de América Latina, debe presentar su show dos o tres veces, pues el público conoce su trayectoria y entiende la importancia de su presencia en el espacio/tiempo actual. 

Morrisey nos deleitó con First of the gang to die, provocó reacciones fuertes y casi imposibles de contener con Meat is murder, y nos llevó al éxtasis con la tan conocida Everyday is like Sunday. Un cóctel de emociones para un banquete musical exquisito. Eso sí, sin carne en la mesa. 

Ya casi al final de la velada, cuando Moz interpretaba Earth is the loneliest planet, se acercó a la audiencia una vez más y entre tantas manos encontró la de un adolescente de, aproximadamente, 12 años. La sostuvo mientras cantaba they always blame "you, you, you" and there is nothing anyone can do, y lo señalaba. Ese chico, para mí, es la prueba viva de que no todo está perdido y que, aunque estos eventos no sean masivos,  nos recuerdan que la buena música todavía existe, que aún hay melodías y letras que te rasguñan las entrañas, y que Morrisey puede viajar en el tiempo y traernos lo mejor del pasado.  

Después de unos temas más, el concierto terminó con un montón de canciones no cantadas. Estas cosas casi siempre terminan así. Todos salimos del teatro mitad complacidos, mitad antojados. Unos caminaron a sus casas, otros fueron a pegarse una hamburguesa en el McDonald’s de la Patria. Tal como dijo Morrisey en Meat is murder: “just as the Equator divides the country, this song divides people". Y sin conocernos, sabe bien cómo somos.


Everyday is like sunday / Morrisey / 1988